martes, 31 de mayo de 2011

Ingrato heroísmo de una poeta

Alcira o la poesía en armas
Dirección de Antonio Algarra, actuación de Verónica Langer.

De tus ojos, sólo de ellos,
sale la luz que te guía
los pasos. Andas
por lo que ves. Nada más.
Pedro Salinas.

Es 1968, el ejército ocupa la Ciudad Universitaria. Como en otras, en la Facultad de Filosofía y Letras los estudiantes y maestros son desalojados, algunos detenidos; pero ahí, además, una mujer en el baño se entera demasiado tarde, no alcanza a salir, queda sola en el edificio; es uruguaya, sin papeles, poeta y su facha es sencilla (el dicho coloquial sancionaría: como jipi). Le da terror salir, que la detengan los soldados; vive en el baño durante 15 días, de agua, papel sanitario, poesía y sólo ella sabría de cuántos pensamientos y delirios. “Y no me volví loca porque conservé el sentido del humor.” El día que es encontrada, la matanza de Tlatelolco está en marcha.
La historia la recrea Roberto Bolaño, escritor chileno que por aquellos días también vivía en México y trabó amistad con Alcira Soust, a quien bautizó Auxilio —y a sí mismo como Arturo Belano— en Los detectives salvajes (Anagrama, 1998), novela de homenaje a sus días en México y a la fuerza creadora, poética y contestataria que finalmente se disuelve —como el resto de la vida—. El fragmento que se refiere a Alcira–Auxilio es retomado por la actriz Verónica Langer, bajo la dirección escénica de Antonio Algarra, para una puesta que de la naturalidad pasa al naturalismo, donde los gestos son los puntos de amarre que confirman el carácter.
Langer encarna con la fidelidad propia del investigador que profundiza en su objeto: como la original, esta Alcira —de acento sudamericano más que uruguayo— se cubre la boca por su dentadura horrible, es nerviosa, diletante, ama la amistad poética (de ahí el aprecio que le tuvieron Bolaño, León Felipe, José Revueltas y otros). En esa virtud la interpretación encuentra su ancla: la diversidad de matices no es infinita y se recicla a los 25 minutos. Podría aducirse que es coherente con el encierro de Alcira. Lo cierto es que la historia relata marcando los acentos dramáticos adecuadamente, pero la potencia actoral pronto pierde el soporte ante la repetición propia de un personaje introvertido, ensimismado, solitario y desolado.
Por eso el desafío de este monólogo de casi una hora se incrementa. Alcira logra retener, sí, gracias al ritmo (lo correcto es tempo) que imprime Langer, al pormenorizado ritmo y trazo escénico de Algarra; y no podría ser menos a riesgo de estancar una puesta tan frágil. Pero el espectador, al término de la función, sabe que Alcira es algo más que escapa a su intérprete, al director, a la puesta y a ella misma. Acaso sólo la supieron ver correctamente Bolaño y Revueltas.
En 1968, durante 15 días sus amigos no supieron nada de ella. Cuando abrió los ojos, tras desmayarse al ser encontrada por una secretaria en el baño, Alcira era otra, más ella. Fue celebrada, aunque pocos como Revueltas tuvieron el tino: “noble, terrenal, amada, entrañable […] ser insensato y transparente”. No es extraño, pues el tremendismo de la estética del escritor duranguense que se acentuó en los 60’s (de 1969 es El apando), tuvo mucho en común con el movimiento infrarrealista de la etapa mexicana de Bolaño. En esa correspondencia estaba Alcira, entre ellos.
Alcira o la poesía en armas es el retrato necesario de un ser vivaz en un momento histórico que es espina enterrada en esta nación. “Consideramos que una de las tareas más nobles del teatro es precisamente ésa: ser testigo y depositario de la historia”, reflexiona Langer, a quien hemos visto recientemente en cine en Hasta el viento tiene miedo (2007), Mar adentro (2004) y El crimen del padre Amaro (2002).
Aunque la anécdota fue producto de la casualidad, la leyenda que casi ha desaparecido quiere que el destino irónico pusiera a Alcira en el baño para “defender el último reducto de autonomía de la UNAM”. Todo comenzó cuando en el baño, leyendo un poemario de su adorado Pedro Salinas, Alcira escuchó gritos y pasos corriendo: “Me levanté, jalé la cadena y grité ¡qué pa…”

(Alcira o la poesía en armas se presentó en el teatro La Capilla entre enero y febrero de 2008.)

[Publicado originalmente en febrero de 2008;
fotografía superior de Óscar Dávalos.]




jueves, 19 de mayo de 2011

La urgencia de un tema



Por razones oscuras,
de Mart Crowley

Dirección de Angélica Aragón, con actuaciones de Roberto D’Amico y Esteban Soberanes. Producciones Entre Nosotros–Proyecto Xola.


Si me viera vuelto de dentro hacia fuera, usted saldría corriendo.



Un monstruo.
Una bestia.
Un criminal.
Un asesino.
Las coordenadas del pederasta las decriben —a penas— esos calificativos. Acaso por eso Luis Maggi, asistente de dirección y actor que da vida al incidental camarero en Por razones oscuras, enfatiza en el programa de mano que “en esta obra, definitivamente, el protagonista es el tema”.


“Quiero que viva sabiendo que mató el alma de un ser humano”, le dice el joven actor Patrick (Esteban Soberanes) al viejo sacerdote Conrad (Roberto D’Amico). “¡Soy un hombre de Dios!”, grita defendiéndose en otro momento el padre. “¡La Iglesia tenía que protegerme!”
El dramaturgo Mart Crowley escribió una obra difícil de sostener en escena. Casi dos horas de diálogo y movimientos sin salir de la habitación de un hotel lujoso (muy bien reproducido) en el Vaticano, donde la dirección y la actuación corren el riesgo de aburrir(se). Los actores y la directora Angélica Aragón pasan con sobresaliente, en especial por la dificultad de imponer energía y eficacia al inicio de la obra, donde de pronto tenemos que preguntarnos qué sucede, porqué el encuentro de Patrick y Conrad parece casual y acordado a un mismo tiempo.
En realidad —sabremos más tarde—, todo comienza ese mediodía por intermedio del azar.
En la calle Patrick ha reconocido a Conrad, se ha acercado fingiendo mera simpatía, lo ha invitado a su habitación donde, entre plática, café y alcohol, va jalando el hilo para saber el estado actual de sus conciencias sin revelar la identidad de ninguno. Así, un segundo reto lo constituye, precisamente, no permitir que la ambigüedad del planteamiento (y hasta la sensación primera e inquietante de ¡no–sé–qué–pasa! en el espectador) se contagie al desarrollo de la obra.
De ahí que la soltura en el desempeño de los actores y la fluidez del ritmo deba atribuirse a Aragón. Por si fuera poco, la complejidad se ve aumentada porque Crowley no sólo creó un problema de abuso sexual a un menor, lo complicó con elementos de la conciencia infantil que derivan en sensaciones y deseos propios de cualquier sensibilidad humana, es decir, sin importar la edad. Y en la puesta, ese pasado se convierte en la raqueta de un ping–pong de temple histriónico, donde Conrad–D’Amico encarna una responsabilidad abominable envuelta en un infierno personal, y Patrick–Soberanes el infierno acallado por la dignidad.
Como dijera la novelista mexicana Adriana González Mateos en una entrevista de 2007 acerca de su novela El lenguaje de las orquídeas (Tusquets Editores, 2007), cuyo tema es similar al de Por razones oscuras, si bien la pederastia es una acción “anómala”, ya es “parte de estructuras sociales que la integran”. Ahí radica la abyección social: ya es normal en nuestros días. Tanto es así que se ha vuelto tema —hasta banal— de nuestro tiempo, y no tanto por las coordenadas que lo condicionan y pudieran despertar el morbo colectivo, como por el hecho de que las instituciones (los poderes) religiosas y seculares muestran una tibiesa escandalosa en su persecución y castigo, cuando no una actitud cercana a la complicidad —comprobada en algunos casos—. Así lo demuestran los escándalos ya no tan recientes en la Iglesia Católica, el de un kinder en Oaxaca, las cifras de la prostitución y pornografía infantil, etc.

De lo anterior se desprendía la urgencia del montaje; y del trabajo de Aragón, D’Amico y Soberanes, la recomendación para ver Por razones oscuras, que concluyó temporada el 16 de diciembre de 2007 en el Teatro Julio Prieto.
[Publicado originalmente en diciembre de 2007.]