martes, 10 de enero de 2012

Punto cero —a repetir

Los perros, de Elena Garro

Dirección de Sandra Félix y actuaciones de Pilar Villanueva y Judith Cruzado. Escenografía e iluminación de Philippe Amand.

No saben que en un rincón se está acumulando tu desdicha.


Eminente en la narrativa mexicana —también prolífica y eficaz en la dramaturgia— del siglo pasado, la vida literaria de Elena Garro (1920–1998) ha estado sometida a un escrutinio a la luz de su vida personal y política, incluso hay quien quiere ver su obra como resultado de la tremenda relación que tuvo con Octavio Paz (1914–1998), su esposo hasta 1959, contra quien decía vivir y por quien se sentía perseguida.


De ella, la directora Sandra Félix atinó a elegir para llevar a escena Los perros con las actrices Pilar Villanueva y Judith Cruzado, haciendo respectivamente a Manuela y Úrsula, madre e hija, dos mujeres arrinconadas por el terror de un pasado/futuro tejido a manos de la brutalidad masculina, los hombres en connivencia obligada por el capricho de uno, que es el de todos. Esa noche de fiesta en el pueblo Manuela hace tortillas para venderlas entre el gentío, anhela que su niña de 12 años agarre el globo que le cambie la vida a la que parece estar destinada por haber nacido mujer.


Ya con varias temporadas, Los perros tuvo un especial efecto en el público que la presenció en el foro de la Biblioteca de México José Vasconcelos, que es pequeño; ahí el espectador tuvo la oportunidad de asistir como testigo impotente e invisible… las lágrimas, entonces, eran comunes. En cambio, en el Teatro Sergio Magaña la separación con el escenario impide esa inmersión, pero acaso el peso se ubica en un distanciamiento reflexivo. Allá, la desgracia lo alcanzaba a uno como en un sueño; aquí tenemos la conciencia del escenario, de la representación de una realidad.


Por supuesto, ninguna consecuencia sería imaginable en el público sin las actrices, especialmente Villanueva. Ante lo que se ve y estremece, uno se pregunta de qué está hecha si de principio a fin mantiene el brío, el nervio, y aun es capaz de subir más su actuación tanto y tan prolongadamente. Su Manuela es un nudo complejo de la vitalidad al fiambre, trayecto que arriba en una desolación que no obstante aún deja algo en la entraña, y justo así el título de la obra aparece claro y poderoso en una voz exangüe.


Inteligencia y tino de la dirección, y de Philippe Amand para crear la vivienda precisa con un mínimo de recursos. Esta puesta de Los perros es la cúspide del mejor teatro que puede verse hoy en México —y a Villanueva sólo la supera, por el número de personajes que encarnó (3), su actuación en la obra de Luisa Josefina Hernández Figuraciones, del llanto a la risa, de la joven a la vieja, de la miserable a la dignataria; dirigida por Fernando Martínez Monroy.
(Los perros tuvo funciones en el Teatro Sergio Magaña los días 14, 15, 21 y 22 de marzo de 2009.)

[Publicado originalmente en marzo de 2009.
Fotografías por cortesía de Loana Juárez.]



Recortes (2)

Donde nosotras tenemos senos, ellos… nada.

» Cuentos eróticos africanos (basado en el Decamerón negro de Leo Frobenius; versión dramática de la compañía Teatro Esquina Latina). Dirección de Jesús Jiménez y Marisol Castillo, con actuaciones de Muriel Ricard, Amada Domínguez, Marina Vera y Marisol Castillo. Vestuario de Mireya Alcántara. Los relatos africanos tribales se cuentan actuando. En los tres elegidos de la recopilación de Frobenius (1873–1938) para esta puesta, la mujer es el motivo: sujeto que disfruta la potencia masculina y objeto disfrutado por el hombre hábil. Cuatro actrices nos ofrecen, en el primero, “Leyenda de las amazonas”, el origen de la sexualidad y de la combinación preferida (“en lo sucesivo, dormiremos encima de ellas”). En forma de picaresca dandy, “Un hombre cuyo oficio es el amor” muestra la necesidad de caballeros excepcionales —por una cualidad física y ciertas destrezas— para que el orden social se mantenga (“¿Se te puede confiar una hermosa joya?” / “Pruébalo y nunca saldrás del pacer”). Y “En las hijas del juez”, dos hermanas revelan cuánto ingenio hace falta para generar el deseo ajeno y el placer propio (“¿Quieres jugar con nosotras?”). Propuesta escénica desde el arte del cuentacuentos. (Temporada de estreno a finales de 2008, Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico.)

» 12 hombres en pugna, de Reginald Rose. Dirección de José Solé, actuaciones de Aarón Hernán, Ignacio López Tarso, José Elías Moreno, Miguel Pizarro, Roberto Blandón, Salvador Pineda, Rodrigo Murray, entre otros. “Cambio mi voto. ¡Ya estoy harto!”, grita uno de los 12 jurados que tienen en sus manos la vida de un joven acusado de asesinar a su padre, progenitor violento, golpeador. Todo lo esgrimido en contra del muchacho durante el juicio es repensado a propuesta del único que no cree en su culpabilidad (López Tarso). Ocho de esos jurados son incompetentes, tibios, frívolos; no les importa que el inculpado muera. Pero tres quieren condenarlo, uno especialmente (Salvador Pineda): “Estos sujetos nacieron para mentir. […] Son diferentes a nosotros, negros, hispanos […] Acabemos con él, antes que los de su raza terminen con nosotros.” De final previsible y actuaciones sumamente disparejas (entre lo tibio y lo preciso), debe destacarse la mano del director para dar ritmo al espectáculo y explotar la tensión de la obra (llega el momento en que el público, junto con el presidente del jurado, recuenta los votos). Ubicada en Nueva York en 1957, la obra plantea el permanente conflicto del melting pot estadounidense: mezcla–exclusión; libertad de expresión–dominio de clase/raza. (Temporada durante la segunda mitad de 2008 en el Teatro Helénico.)

[Publicado originalmente en diciembre de 2008.
Fotos: cortesía Centro Cultural Helénico.]