miércoles, 8 de febrero de 2012

Él, aburre; ellas, vivitas

Otelo, de William Shakespeare
Dirección de Claudia Ríos, y actuaciones de Hernán Mendoza, Carlos Corona, Ana de la Reguera, Cecilia Suárez, Osvaldo de León, Gabriela Pérez Negrete y Luis Maggi, entre otros.


Desdémona, la historia de un pañuelo, de Paula Vogel
Dirección de Benjamín Cann, y actuaciones de Zaide Silvia Gutiérrez, Marina de Tavira y Mariannela Cataño.


Los celos son un monstruo que nace de sí mismo.
De Otelo.

¿Y qué tiene que ver la decencia con el adulterio?
De Desdemona.


Teatro–UNAM se ha propuesto ofrecer al público una experiencia peculiar con estas dos obras relacionadas. Claudia Ríos dirige Otelo, del más importante autor inglés, y Benjamín Cann Desdémoma, la historia de un pañuelo, de la norteamericana Paula Vogel. Por cierto, ambas obras traducidas por Alfredo Michel Modenessi.
De algunas puestas en escena es acertado decir que ‘tuvo sus momentos’, como de la actual Otelo. Descontando la complejidad propia de lo shakespeariano —nombre que prepara para tolerar casi cualquier montaje—, esta propuesta de Ríos se desvanece pese a la notoria búsqueda de contundencia, acaso por eso mismo. Entre los aciertos están la especie de atmósfera–al–vacío que la directora busca al trabajar casi sin escenografía, con algunos acompañamientos sonoros —nada más en cuanto a audio— potenciando, de esa manera, la presencia de algunos personajes y la importancia de las situaciones.
Pero ese mérito queda anulado frente a los yerros, descuidos y francos disparates. Pareciera que el énfasis puesto en dejar al desnudo la actuación y la trama hubiera tenido por requisito el empobrecimiento del espectáculo: lerdas, lamentables las escenas de espadazos, de la lentitud para desenvainar al titubeo para envainar; torpeza o exageración en las escenas clave y grupales (caballeros y guardias: “oh”, “ah”, “sss”); y qué decir de la confusión entre transición y transformación: como por encanto, en general los actores pasan por las emociones a brincos, es decir, por medio del grito, el llanto, la grandilocuencia.
Sobreactuación, exceso de esquema y trazo, redundan en una afectación cansina, y así vemos a un Yago que se queda en la gratuidad de su maldad —no resulta malvado, sí maldoso—; a un Otelo con desesperación amanerada —le ocurre en el rostro y las manos, no llega al resto del cuerpo—, salvo al final, cuando le viene algo como convulsión demoníaca; una Desdémona que no termina de encarnar, se queda en texto; un Casio como niñato blandengue y no lugarteniente ingenuo. En el conjunto, sólo Rodrigo se queda en el juguete de Yago que debe ser, Emilia y Bianca aparecen vivas… pero tarde que temprano decae su carácter y se alinean al mecanismo, los vence la fuerza de la dirección.
Sí, excesiva mano de la directora. Queda la impresión de que Ríos tuvo su concepto de Otelo, lo supo imponer y canceló la emotividad; sometió el lenguaje histriónico a una idea escénica. Y en este punto, es imposible no preguntar: ¿por qué elegir dos actrices solventes en tv y cine (De la Reguera y Suárez) habiendo suficiente cantidad de actrices de teatro con el potencial suficiente? ¿Tanto urge poner carnada al público?
Y es ahí donde la puesta de Cann irrumpe. Desdémona, la historia de un pañuelo, recrea el día anterior a la tragedia de la obra shakespeareana, fincada en la desaparición del pañuelo que regalara Otelo a Desdémona. Seguidor (lámpara) en mano para enfatizar algunos gestos —elevando de paso la impresión de inestabilidad—, el director deja en libertad a sus actrices. Cierto que en este caso la dramaturga abreva del carácter de las mujeres de nuestro tiempo, pero esto que en principio es un apoyo, al mismo tiempo representa la tentación de quedarse en la superficie, dar vida a personajes simplones. Las tres intérpretes cumplen de forma sobresaliente.
Todo ocurre en una cocina desdoblada, entre cubista y alucinada. Gutiérrez, De Tavira y Cataño dan, respectivamente, una Emilia mustia, gestual, ladina y cool; una Desdémona caprichosa, ocurrente, perversa y traicionera; una Bianca digna, honesta, amorosa y vital. Juntas son el rostro de una feminidad fraterna dentro de los supuestos límites del hogar y el poder masculino, encantadas con el juego de sobrepasarlos. Recordemos: el motor es un pañuelo que conlleva la desgracia. Ellas juegan con fuego entre el placer y el secreteo, la aventura de mujeres a quienes el mundo se abre como la ampliación de su espacio íntimo, donde amor romántico, matrimonio, religión, placer sexual, intriga, identificación y envidia, son el quehacer cotidiano. Deslumbrante.
(Otelo y Desdémona, la historia de un pañuelo, se presentaron el primer semestre de 2009 respectivamente en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón y el Foro Sor Juana Inés de la Cruz, ambos del Centro Cultural Universitario.)




[Publicado originalmente en mayo de 2009.
Fotografías de Mariana Guevara, proporcionadas por Teatro UNAM.]



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