Alcira o la poesía en armas
Dirección de Antonio Algarra, actuación de Verónica Langer.De tus ojos, sólo de ellos,
sale la luz que te guía
los pasos. Andas
por lo que ves. Nada más.
Pedro Salinas.
Es 1968, el ejército ocupa la Ciudad Universitaria. Como en otras, en la Facultad de Filosofía y Letras los estudiantes y maestros son desalojados, algunos detenidos; pero ahí, además, una mujer en el baño se entera demasiado tarde, no alcanza a salir, queda sola en el edificio; es uruguaya, sin papeles, poeta y su facha es sencilla (el dicho coloquial sancionaría: como jipi). Le da terror salir, que la detengan los soldados; vive en el baño durante 15 días, de agua, papel sanitario, poesía y sólo ella sabría de cuántos pensamientos y delirios. “Y no me volví loca porque conservé el sentido del humor.” El día que es encontrada, la matanza de Tlatelolco está en marcha.
La historia la recrea Roberto Bolaño, escritor chileno que por aquellos días también vivía en México y trabó amistad con Alcira Soust, a quien bautizó Auxilio —y a sí mismo como Arturo Belano— en
Los detectives salvajes (Anagrama, 1998), novela de homenaje a sus días en México y a la fuerza creadora, poética y contestataria que finalmente se disuelve —como el resto de la vida—. El fragmento que se refiere a Alcira–Auxilio es retomado por la actriz Verónica Langer, bajo la dirección escénica de Antonio Algarra, para una puesta que de la naturalidad pasa al naturalismo, donde los gestos son los puntos de amarre que confirman el carácter.
Langer encarna con la fidelidad propia del investigador que profundiza en su objeto: como la original, esta Alcira —de acento sudamericano más que uruguayo— se cubre la boca por su dentadura horrible, es nerviosa, diletante, ama la amistad poética (de ahí el aprecio que le tuvieron Bolaño, León Felipe, José Revueltas y otros). En esa virtud la interpretación encuentra su ancla: la diversidad de matices no es infinita y se recicla a los 25 minutos. Podría aducirse que es coherente con el encierro de Alcira. Lo cierto es que la historia relata marcando los acentos dramáticos adecuadamente, pero la potencia actoral pronto pierde el soporte ante la repetición propia de un personaje introvertido, ensimismado, solitario y desolado.
Por eso el desafío de est

e monólogo de casi una hora se incrementa.
Alcira logra retener, sí, gracias al ritmo (lo correcto es
tempo) que imprime Langer, al pormenorizado ritmo y trazo escénico de Algarra; y no podría ser menos a riesgo de estancar una puesta tan frágil. Pero el espectador, al término de la función, sabe que Alcira es algo más que escapa a su intérprete, al director, a la puesta y a ella misma. Acaso sólo la supieron ver correctamente Bolaño y Revueltas.
En 1968, durante 15 días sus amigos no supieron nada de ella. Cuando abrió los ojos, tras desmayarse al ser encontrada por una secretaria en el baño, Alcira era otra, más ella. Fue celebrada, aunque pocos como Revueltas tuvieron el tino: “noble, terrenal, amada, entrañable […] ser insensato y transparente”. No es extraño, pues el tremendismo de la estética del escritor duranguense que se acentuó en los 60’s (de 1969 es
El apando), tuvo mucho en común con el movimiento infrarrealista de la etapa mexicana de Bolaño. En esa correspondencia estaba Alcira, entre ellos.
Alcira o la poesía en armas es el retrato necesario de un ser vivaz en un momento histórico que es espina enterrada en esta nación. “Consideramos que una de las tareas más nobles del teatro es precisamente ésa: ser testigo y depositario de la historia”, reflexiona Langer, a quien hemos visto recientemente en cine en
Hasta el viento tiene miedo (2007),
Mar adentro (2004) y
El crimen del padre Amaro (2002).

Aunque la anécdota fue producto de la casualidad, la leyenda que casi ha desaparecido quiere que el destino irónico pusiera a Alcira en el baño para “defender el último reducto de autonomía de la UNAM”. Todo comenzó cuando en el baño, leyendo un poemario de su adorado Pedro Salinas, Alcira escuchó gritos y pasos corriendo: “Me levanté, jalé la cadena y grité ¡qué pa…”
(
Alcira o la poesía en armas se presentó en el teatro La Capilla entre enero y febrero de 2008.)
[Publicado originalmente en febrero de 2008;
fotografía superior de Óscar Dávalos.]