Puesta en escena de Edén Coronado, con actuaciones de Blanca Hurtado, Paola Izquierdo y Gerardo Trejoluna. Asesoría en diseño de espacio de Edyta Rzewuska.
No me siento parte de nada más que de mi cuerpo.
En Disforia lo que hay son los rituales del diario–solitario: ordenar los zapatos, hacer ociosidades, soñar, el amigo imaginario, el autorreclamo. Y trae como tema trascendente la (des)energía en cada objeto tomado —incluido lo vivido— y movimiento del cuerpo —incluido lo pensado—. “Es el tedio.” La definición de la disforia habla de “cambios repentinos y transitorios del estado de ánimo; sentimientos de tristeza, pena, angustia, malestar psíquico”.Tres personas —menos que personajes, voces— en escena: una (Izquierdo) como la indiferencia atada a las cosas; otro (Trejoluna), autoconsumido, dopado; y otra (Hurtado), el resentimiento que se mantiene en pie pese a todo.
Del “ánimo disfórico persistente e intenso” al “afecto disfórico continuo”, Disforia es apuesta por el azote de nuestros días, el onanismo sin placer (puro goce, diría el psicoanalítico): “sólo falta
abandonarme yo” / “la más negra oscuridad que haya visto yo” / “yo ya estoy obsesionado” / “ríes con dolor” / “no tener a quien reclamarle por un error propio”. La búsqueda de la frustración permanente (“descubrir después de todo que la ciudad es inofensiva”) se hace verborrea (“oí decir a alguien: no somos sino construcciones lingüísticas”) y movimiento incesante (menear las cosas de la casa, que queda vacía). Tres voces o modos que se empalman, sobreponen, cruzan. Pero no se ven (“consideraba amigo a todo aquél que no vomitaba encima”). Teatro concreto, digamos —Disforia es intento.(Disforia se presentó en el Foro de las Artes del Centro Nacional de las Artes en el último tercio de 2008.)
[Publicado en diciembre de 2008.
Imágenes proporcionadas por el CNA.]
Imágenes proporcionadas por el CNA.]



