martes, 2 de agosto de 2011

Soy vanidad, azote perpetuo

Disforia (paisaje escénico para tres voces), de Noé Morales Muñoz
Puesta en escena de Edén Coronado, con actuaciones de Blanca Hurtado, Paola Izquierdo y Gerardo Trejoluna. Asesoría en diseño de espacio de Edyta Rzewuska.

No me siento parte de nada más que de mi cuerpo.

En Disforia lo que hay son los rituales del diario–solitario: ordenar los zapatos, hacer ociosidades, soñar, el amigo imaginario, el autorreclamo. Y trae como tema trascendente la (des)energía en cada objeto tomado —incluido lo vivido— y movimiento del cuerpo —incluido lo pensado—. “Es el tedio.” La definición de la disforia habla de “cambios repentinos y transitorios del estado de ánimo; sentimientos de tristeza, pena, angustia, malestar psíquico”.
Tres personas —menos que personajes, voces— en escena: una (Izquierdo) como la indiferencia atada a las cosas; otro (Trejoluna), autoconsumido, dopado; y otra (Hurtado), el resentimiento que se mantiene en pie pese a todo.
Del “ánimo disfórico persistente e intenso” al “afecto disfórico continuo”, Disforia es apuesta por el azote de nuestros días, el onanismo sin placer (puro goce, diría el psicoanalítico): “sólo falta abandonarme yo” / “la más negra oscuridad que haya visto yo” / “yo ya estoy obsesionado” / “ríes con dolor” / “no tener a quien reclamarle por un error propio”. La búsqueda de la frustración permanente (“descubrir después de todo que la ciudad es inofensiva”) se hace verborrea (“oí decir a alguien: no somos sino construcciones lingüísticas”) y movimiento incesante (menear las cosas de la casa, que queda vacía). Tres voces o modos que se empalman, sobreponen, cruzan. Pero no se ven (“consideraba amigo a todo aquél que no vomitaba encima”). Teatro concreto, digamos —Disforia es intento.
(Disforia se presentó en el Foro de las Artes del Centro Nacional de las Artes en el último tercio de 2008.)

[Publicado en diciembre de 2008.
Imágenes proporcionadas por el CNA.]



Placer del teatro, conmover

Will y Sue, de Luis Rivera López (con textos de Shakespeare)
Dirección, actuación y títeres a cargo de Haydeé Boetto y Luis Rivera López. Música (arreglos e interpretación en vivo de Sueño de una noche de verano de F. Mendelssohn) de Sergio Bátiz (bandoneón) y Jacobo Lieberman (violoncheo). Escenografía, títeres y utilería de Araceli Pszemiarower y Paula Franzi.




¿Qué puede haber dentro de un hombre? Sólo una palabra: amor. Y como el amor es ciego, está mucho más feliz en la oscuridad.



Will y Sue recrea la intimidad de William Shakespeare (1564–1616) tras su retiro luego de escribir La tempestad —donde al final el príncipe Próspero (semihumano, semidivino) rompe su varita y declara: “Nuestras diversiones han dado fin. Estos actores, como había prevenido, eran todos espíritus y se han disipado en el aire.”
Vemos a Will dado al vino. Dejó mujer e hijos; uno de ellos, Hamnett, muerto muy joven; la otra, Sue, a punto de casarse, escribe una carta a su padre para que atestigüe la boda, y esto desata el delirio del dramaturgo, regresan a él sus hijos y los personajes por él creados, con sus vicios y virtudes, bajezas y sabidurías (“Muchas veces lo más sombrío ilumina como una diáfana mañana”).
El escenario vive con monos de tela, papel, hilos y otros materiales, incluidos la carne y el hueso. Así vuelve Hamnett en una marionetita (tan parecida al Principito): “Tú, yo, todos moriremos igual que Alejandro Magno, que cualquier hijo de vecino.” Will recuerda también cómo soñaba que su Romeo y Julieta alcanzaría fama “hasta el fin de los días”, frente al escepticismo de todos; y se reencuentra con el salvaje Calibán (“Todo este lugar me pertenece, incluso Will”) y el parlanchín y vividor Falstaff (“¡Hipócrita! ¡Ladrón! Mi querido Falstaff.”), y el mismo Próspero, tan grande como para cobijar a su autor.
Aderezado con las palabras shakespearianas, “gastadas, pero que rivalizan con la fuerza del huracán”, Will y Sue —descrita por sus intérpretes como “suite shakespeariana para actores, objetos y ensamble musical”— es un cuento sobre la batalla personal para no dejar lo mejor de sí mismo, a pesar de uno mismo; el amor, la piedad, la comprensión, el recuerdo.
En esta puesta los personajes de carne y hueso y los otros, conviven con los músicos en escena; entran y salen de la fantasía. Y los actores, van y vienen del hecho escénico. Al final, Boetto y Rivera no pueden sino sorprenderse genuinamente por la magia de sus manos. Y qué maravilla la ductilidad de la voz de Haydée.
(Will y Sue tuvo funciones en el Teatro Orientación del Centro Cultural del Bosque a finales de 2008 y principios de 2009.)

[Publicado originalmente en diciembre de 2008.
Imágenes proporcionadas por el INBA.]



Coherencia, ruta ciega

El despoblador, de Samuel Beckett

Compañía Boomerang. Dirección de escena de Alain Françon y actuación de Michel Didym. Escenografía de Jacques Gabel e iluminación de Joel Hourbeigt. (Correalización de Athénée Théâtre Louis–Jouvet)

En 4º lugar, los que no buscan. Exbuscadores.
Esto, para nada es exacto.

El pasado 28 y 29 de octubre de 2008, en el Teatro ‘Juan Ruiz de Alarcón’ del Centro Cultural Universitario, se presentó en el marco del Encuentro de Artes Escénicas México–Francia, El despoblador (1970) de Samuel Becket (Dublín 1906–París 1989, Premio Nobel de Literatura 1969).
En el interior de un cilindro como tubo de albañal pulido, de “cincuenta metros de perímetro y dieciséis de altura”, el personaje/despoblador hace una relación científica de las posibilidades de movimiento e interacción que tienen los habitantes de ese lugar, unos como humanos/monitos–de–alamabre–repartidos–en–piso–y–pintados–en–el–muro subiendo–una–escalera–y–metidos–o–por–meterse–en–unos–nichos–para–descansar–o–salir–del–inmenso–cilindro/como humanos. Los diminutos seres de que da cuenta el despoblador quieren alcanzar unos nichos en el muro del cilindrote que habitan y que son ¿cilindros–menores–como–réplicas–a–escala–del–que–habitan? ¿salidas–entradas? ¿signo–de–que–quienes–no–salen–se–quedan? ¿ muerte? ¿distintas–rutas–que–llevan–de–nuevo–al–cilindor–mayor?
No se entiende nada, sentido o dirección. El despoblador está ahí ¿para algo? Habla, describe, relaciona. ¿Para utilidad de alguien? Si está encerrado en el cilindro, no. ¿No? Como está encerrado en un cilindro de material macizo, los más probable es que el eco encime las palabras, una cacofonía.
Y así en la puesta: la función se dio en francés y un interprete casi inmóvil tradujo simultáneamente; las voces se encimaron, no se entiendió ni español ni francés. Hubo gente que se hartó y se salió por el hueco en la pared que se halla debajo del letrero entrada/salida. ¿A dónde? Bueno, la cacofonía de la calle está mejor, ¿no? ¿Y los que se quedaron, inmóviles o casi, dormidos o no (la actriz Julieta Egurrola luchaba por mantenerse despierta, no pudo), enfadados por no entender nada?
Pues aplaudieron.
El actor Michel Didym hizo del movimiento, la posición y el gesto, el lenguaje y el fondo de la obra. Un accionar inane, formal, insustancial. Las palabras, un marco, zumbido (ruido de fondo), carácter. Una puesta que invierte el orden de los elementos. Beckett empeñó la palabra en el vacío, en El despoblador es un vacío como río heracliteano, sólo que ese río sí baña dos veces al mismo individuo aunque en ambos casos se mueva, cambie. Y el público salió enfadado, echando pestes de ese “error” (encimar español/francés). Al final, se quedaron los más.

[Publicado originalmente en noviembre de 2008.
Fotografías, por cortesía de Teatro UNAM.]