Bajo la piel de castor, de Gerhart Hauptmann
Dirección de Luis de Tavira, actuaciones de Julieta Egurrola, Arturo Beristáin y Andrés Weiss, entre otros, y escenografía de Philippe Amand.Y dijo Jesús a sus discípulos: quien no tenga cuchara,
¡que se atasque con las manos!
¿Qué queda en la mirada después de una explosión? La belleza negativa de la luz que lo consumió todo. “Bonito no es la palabra… Sin estilo, convincente”, pareciera corregir el barón/capitán Von Wehrhahn (Andrés Weiss); en realidad se refiere a los informes que el traidor Motes (José Carlos Rodríguez) le provee para delatar disidentes, socialdemócratas, anarquistas, inconformes, o a quien en vez de ellos pueda pagar las culpas. No en balde Von Wehrhahn, imagen viva de la ineptitud y la ceguera del poder, ha recibido la encomienda de “un alto funcionario de la cancillería del imperio” de no escatimar en terror para devolver la tranquilidad a la comunidad de Erkner, en la Alemania de finales del XIX. Pero en esos años en que “el asesinato se ha vuelto algo tan común entre nosotros”, “ya no se puede saber de qué bando está cada quien”.
En medio del bosque de Erkner, a punto de ser nido de fantasmas y donde está prohibido cazar y talar mientras uno sea pobre, una casa gira (literalmente, en escena) sobre el eje que es la señora Wolff (Julieta Egurrola), encarnación de lo mustio, personaje habilísimo para activar o detener el mecanismo que espera dote de futuro a su familia incluso a costa de ésta, y cuyos engranes son las mentiras, recelos, manipulaciones, robos y miedos. Así, echa mano del apocado y frágil animalillo que es su marido, Julius Wolff (Arturo Beristáin), ni más ni menos que como si de una pala se tratara; del mismo modo, sin importar cuánta humillación provoque en su hija, la justiciera Adelheid (Yulleni Pérez), elogia por bonita a Leontine (Gisela García), su otra hija, y la azuza para casarse con un socialdemócrata inversionista del teatro y hacer carrera en Berlín —y de paso ‘se apunta’ la madre—. El azar juega a su favor y da oportunidad a que un plan vagamente urdido sea posible.
Un abrigo de piel de castor será la bisagra que cambie la suerte de los Wolff, ocasión de desgracia para un traficante y un terrateniente, y lavaculpas y sambenito para un traidor y un santo, respectivamente. Porque “bajo la piel de castor se oculta un asesino” pero nadie sabe dónde está aunque exista un culpable, esa miserable certeza de la justicia invertida (“No hay más ley que la verdad”). Es así como Von Wehrhahn logra su cometido fijándolo con tachuelas: la comunidad de Erkner puede darse por satisfecha: su podredumbre moral se halla a buen resguardo, la Familia protegida, lo furtivo (la cacería) seguirá siendo motor económico y valor social.
En versión libre de Andrés y Stefani Weiss y del propio De Tavira, sobre el original Der Biberpelz, de Gerhart Hauptmann (Premio Nobel 1912), Bajo la piel de castor adquiere —de acuerdo con el director— una vigencia inusitada dado el énfasis en el terror como vía insensata para la paz. Hoy, para detener la criminalidad y el caos los Estados recurren al uso desenfrenado de la violencia quedando la población civil en medio: vivimos “la globalización del terror, donde el hombre pierde la esperanza del proyecto humano”, advierte De Tavira. Por otra parte —agrega y tiene razón—, la puesta deja constancia de la “fortaleza de la mujer que soporta la esperanza” incluso si para ello ha de recurrir a las bajezas que la rodean (“Soy lavandera y conozco la ropa sucia”, dice en algún momento la señora Wolff).
Con duración de 3 horas y 40 minutos (la sensación es de la mitad de tiempo; tres actos, dos intermedios), Bajo la piel de castor nos enfrenta de nuevo al teatro de gran formato a que nos tiene acostumbrados De Tavira. A esto ayuda su forma de comedia de ladrones, la música que envuelve y da ritmo a

los sobresaltos, la abundancia de estos, el dinamismo de la escenografía (casa, puerto, cancillería, oficina policial), el detalle en el vestuario y la utilería, la precisión del trazo escénico y la agilidad en el diálogo —que no obstante por momentos desborda y evidencia un ping pong muy ensayado.
Pero principalmente, hay que destacar la energía y vivacidad que imprime Julieta Egurrola a la señora Wolff; la minucia con que Arturo Beristáin construye a Julius Wolff; el aplomo de Andrés Weiss y su capacidad para salvar el amontonamiento de ciertos momentos que exige la obra; la contenida y rotunda Adelheid de Yulleni Pérez, y el excelente tino de Tomás Rojas, Mauricio Pimentel y Fernando Rubio, para darnos respectivamente las figuras del bobísimo y buen policía Mitteldorf, el traficante Wulkow y el terrateniente Krüger. A ellos hay que sumar el caso del ujier–mensajero–forense que da vida Rubén Cristiany, tan mudo como expresivo las veces que sale a escena, mezcla simbólica de testigo y pueblo —y a quien seguramente una parte del público recordará especialmente.
Es obvio que en todo ello está la mano de De Tavira, pero quien recuerde su montaje de La honesta persona de Sichuán, de Bertold Brecht, y lo compare con éste, es probable que esté de acuerdo en que esa mano se mete menos sin dejar de imprimir igual espíritu —como un deus ex machina.
(Presentada en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón del Centro Cultural Universitario en la primera mitad de 2008.)
[Publicado originalmente en junio de 2008.
Fotos: José Jorge Carreón, publicadas por cortesía de Teatro UNAM.]