Por razones oscuras, de Mart Crowley
Dirección de Angélica Aragón, con actuaciones de Roberto D’Amico y Esteban Soberanes. Producciones Entre Nosotros–Proyecto Xola.
Si me viera vuelto de dentro hacia fuera, usted saldría corriendo.
Un monstruo.
Una bestia.
Un criminal.
Un asesino.
Las coordenadas del pederasta las decriben —a penas— esos calificativos. Acaso por eso Luis Maggi, asistente de dirección y actor que da vida al incidental camarero en Por razones oscuras, enfatiza en el programa de mano que “en esta obra, definitivamente, el protagonista es el tema”.

“Quiero que viva sabiendo que mató el alma de un ser humano”, le dice el joven actor Patrick (Esteban Soberanes) al viejo sacerdote Conrad (Roberto D’Amico). “¡Soy un hombre de Dios!”, grita defendiéndose en otro momento el padre. “¡La Iglesia tenía que protegerme!”
El dramaturgo Mart Crowley escribió una obra difícil de sostener en escena. Casi dos horas de diálogo y movimientos sin salir de la habitación de un hotel lujoso (muy bien reproducido) en el Vaticano, donde la dirección y la actuación corren el riesgo de aburrir(se). Los actores y la directora Angélica Aragón pasan con sobresaliente, en especial por la dificultad de imponer energía y eficacia al inicio de la obra, donde de pronto tenemos que preguntarnos qué sucede, porqué el encuentro de Patrick y Conrad parece casual y acordado a un mismo tiempo.
En realidad —sabremos más tarde—, todo comienza ese mediodía por intermedio del azar.
En la calle Patrick ha reconocido a Conrad, se ha acercado fingiendo mera simpatía, lo ha invitado a su habitación donde, entre plática, café y alcohol, va jalando el hilo para saber el estado actual de sus conciencias sin revelar la identidad de ninguno. Así, un segundo reto lo constituye, precisamente, no permitir que la ambigüedad del planteamiento (y hasta la sensación primera e inquietante de ¡no–sé–qué–pasa! en el espectador) se contagie al desarrollo de la obra.
De ahí que la soltura en el desempeño de los actores y la fluidez del ritmo deba atribuirse a Aragón. Por si fuera poco, la complejidad se ve aumentada porque Crowley no sólo creó un problema de abuso sexual a un menor, lo complicó con elementos de la conciencia infantil que derivan en sensaciones y deseos propios de cualquier sensibilidad humana, es decir, sin importar la edad. Y en la puesta, ese pasado se convierte en la raqueta de un ping–pong de temple histriónico, donde Conrad–D’Amico encarna una responsabilidad abominable envuelta en un infierno personal, y Patrick–Soberanes el infierno acallado por la dignidad.
Como dijera la novelista mexicana Adriana González Mateos en una entrevista de 2007 acerca de su novela El lenguaje de las orquídeas (Tusquets Editores, 2007), cuyo tema es similar al de Por razones oscuras, si bien la pederastia es una acción “anómala”, ya es “parte de estructuras sociales que la integran”. Ahí radica la abyección social: ya es normal en nuestros días. Tanto es así que se ha vuelto tema —hasta banal— de nuestro tiempo, y no tanto por las coordenadas que lo condicionan y pudieran despertar el morbo colectivo, como por el hecho de que las instituciones (los poderes) religiosas y seculares muestran una tibiesa escandalosa en su persecución y castigo, cuando no una actitud cercana a la complicidad —comprobada en algunos casos—. Así lo demuestran los escándalos ya no tan recientes en la Iglesia Católica, el de un kinder en Oaxaca, las cifras de la prostitución y pornografía infantil, etc.
De lo anterior se desprendía la urgencia del montaje; y del trabajo de Aragón, D’Amico y Soberanes, la recomendación para ver Por razones oscuras, que concluyó temporada el 16 de diciembre de 2007 en el Teatro Julio Prieto.
[Publicado originalmente en diciembre de 2007.]
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