Emigrados, de Slawomir Mrożek
Dirección de David Psalmon, actuaciones de Joaquín Cosío y Silverio Palacios. Escenografía, vestuario e iluminación de Edyta Rzewuska.
El presente falsificado provoca un futuro enfermizo.
Se siente mejor uno con moscas. El tiempo pasa más rápido.
Se siente mejor uno con moscas. El tiempo pasa más rápido.
Una vieja historia cuenta cómo un ciego y un paralítico perdidos en un bosque llegan a la conclusión de que se necesitan para sobrevivir: el ciego puede andar, el paralítico puede guiar. Sin embargo, continuamente pelean y así se pasa el tiempo, sin que avancen hacia ningún lado. En situación similar están los personajes de Emigrados, un hombre ilustrado, sempiterno lector, aspirante a todopoderso descriptor, y un obrero que puede soportar la vida de exiliado comiendo, recordando e imaginando su regreso a casa, con su familia. Nunca sabremos sus nombres ni en qué país están o de cuál vienen, sólo que son dependientes uno del otro y han establecido una dinámica de oposiciones enfatizada por las voces y las estaturas de los actores.


El chaparro, que se define como “un hombre cabeza”, de una amargura evidente, tan grande como su egoísmo, con dinero pero en soledad profunda (“no tienes a nadie en quien pensar, nadie te espera en casa”), vive atado a su presente que se reduce a la presencia del otro, a quien le permite hacerse de la vista gorda con su parte en los gastos de la casa porque a cambio lo puede degradar por su ignorancia, su ingenuidad y falta de pensamiento ‘riguroso’ (“No hay agua porque no sale” / “No sale porque no hay, imbécil”).
El enfrentamiento entre ellos, que además de patético llega a ser gracioso (¡un fondo de gangsta rap para la batalla del arreglo personal en la fiesta de año nuevo!), no sólo lo es por sus condiciones y aspiraciones, también tiene algo de la dialéctica hegeliana del amo y el siervo. El hombre–cabeza ha venido fraguando un estudio antropológico–filosófico de la esclavitud a la que está sometida su compañero, que ahorra todo su dinero para tener casa y vida digna cuando regrese a su país (“ser esclavo de los objetos es una esclavitud más perfecta que la mejor de las cárceles, una esclavitud ideal […] porque no hay obligación”); pero ese mismo hombre–cabeza, que antes optó por la libertad de dejarlo todo (familia, trabajo, país), ha llegado a otra forma de esclavitud (“Toda la sabiduría reside en mí, un mono enjaulado”) al depender de la humillación que administra a su compañero sistemáticamente para dar sentido a su vida (“Ningún hombre es un perro, o por lo menos no debería serlo”).
Pero este terrible relato se acompaña de humor, travesura y hasta ternura y entrega (sacrificio, perdón de las deudas). El conjunto da la chispa para extrapolar: sí, la situación de un par de exiliados cualquiera compartiendo departamento, pero también un matrimonio que ha sacrificado sus individualidades, o una amistad atada por la admiración y la envidia (“Tenías miedo de tener que compartir conmigo”). Conforme la noche en que transcurre el relato evoluciona, todo, el espacio mismo, parece fundirlos, hacerlos uno, destino indivisible.
En tonos ocres y grises, la escenografía y la vestimenta de los personajes resalta el sentido plástico que se imprime a la puesta con los oscuros constantes, previa imagen congelada, y las reiluminaciones en dos pasos; una plasticidad simbólica de la rutina endurecida. Por otro lado, la amplitud de los gestos de los actores, incluso cuando se trata de acciones mínimas o ellos están demasiado cerca, sugiere una exacerbación de las personalidades que en efecto va incrementándose durante la obra.
Con este montaje la Compañía TeatroSinParedes demuestra la consolidación de su prestigio, no sólo por la buena calidad de la producción, sobre todo por la excelente actuación y la dirección, que devuelven sentido e importancia al proceso de las emociones al que habitúa el trabajo de teatro de laboratorio; sin pretensiones más allá de la escena —que en su caso se extiende después del proscenio, pues según su proclama (y ejemplifica bien con Emigrados) esta compañía busca “derrumbar las paredes (la cuarta y todas las demás) que nos separan unos de otros, y de nosotros mismos”.
(Concluyó temporada en la Sala Xavier Villaurrutia del Centro Cultural del Bosque a finales de septiembre de 2008).

[Publicado originalmente en agosto de 2008.
Fotos publicadas por cortesía del INBA.]
Fotos publicadas por cortesía del INBA.]
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