Dirección y escenografía de Carlos Corona. Actuaciones de Olivia Lagunas, José Sefami, Javier Oliván, Muriel Ricard, Leonora e Yliana Cohen, y 6 actores más. Movimiento escénico a cargo de Ruby Tagle, diseño sonoro de Joaquín López ‘Chas’.
Preparada para las conmemoraciones de los dos grandes sucesos de 1968, el social–estudiantil y el deportivo, esta obra sobrepone personajes de ambos acontecimientos. Así, por ejemplo, un deportista extranjero de evidente nobleza es confundido con un activista que será torturado hasta desaparecerlo (buen desempeño de Javier Oliván dando vida a un personaje entrañable). El juego de sobreposiciones alcanza a la escenografía: una plataforma circular sirve de espacio de convivencia para deportistas, pista de carreras, lugar de fiestas (hippie incluido), plancha que cubre restos humanos, etc.
Presentada entre septiembre 27 y octubre 19 en el salón ‘Benito Juárez’, inaugurado por Gustavo Díaz Ordaz, de la antigua sede de la Secretaría de Relaciones Exteriores en Tlatelolco, con sus dos horas y media de du
ración Olimpia 68 se deja disfrutar por la abundancia de momentos sobresalientes, como los cuadros graciosísimos del equipo de clavado japonés, compuesto por José Sefami como el entrenador y Olivia Lagunas como la clavadista Riko (ella además haciendo impecablemente de niñita extraviada al final de la obra; la aplicación técnica de Lagunas es extraordinaria); pero la puesta también tiene fragmentos a la baja, ahí destacan las escenas de tortura, cuya falta de contundencia redunda en una sensación de lentitud.La puesta anclada al texto tiene una coherencia de ritmo, trazo escénico, ejecución actoral, diseño sonoro, etcétera, que pone en evidencia la mirada abarcadora de un director/coordinador aplicado y brillante. Dicho esto —y más allá de la consabida responsabilidad última del director—, hay que preguntar cuál es el objetivo de la obra, pues el rico conjunto de situaciones y pequeños relatos enmarcados por los ‘grandes acontecimientos del 68’ no dan un conjunto mayor, a menos que para generarlo el autor espere del público memoria o conocimiento de qué pasó aquel año, convirtiendo así su texto en un pre–texto. No parece ser esa la finalidad.
Sirva esta analogía con la literatura para aclarar el argumento: Olimpia 68 promete ser una novela: El 68, El Movimiento, Las Olimpiadas, Los Estudiantes, La Masacre en Tlatelolco, El Año que Cimbró la Sociedad, México se Viste de Gala; González Mello es un gran cuentista que además sabe intercalar sus narraciones para hacer un libro, pero no alcanza a dar una novela. Sus escenas funcionan muy bien, el trenzado de ellas mantiene la atención del público y hubiera podido añadir muchas más, sólo que al final esa diversidad acaba por dispersar al espectador.

Una solución fácil —haciendo otra analogía— sería decir que el dramaturgo quiso regalarnos un fresco, como Diego Rivera en su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central. Pensarlo de esa manera no sería justo con González Mello, su obra tiene la mirada en el conjunto pero no es estática, tiene una capacidad narrativa suficiente para dibujar algunas profundidades de sus personajes al tiempo que fijarse en detalles y juegos. En Olimpia 68 González Mello tiene algo de la mirada de los historiadores: ve acontecimientos de distinta índole, personajes dispares, en fin, todo aquello que corre parejo en el tiempo, y trata de darles la unidad y el sentido que los haga Historia. Sólo que González Mello es dramaturgo.
[Publicado originalmente en octubre de 2008.
Fotos de José Jorge Carreón, publicadas por cortesía de Teatro UNAM.]
Fotos de José Jorge Carreón, publicadas por cortesía de Teatro UNAM.]
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