martes, 7 de febrero de 2012

Apenas, nada

Jardinería electronik, de Rodrigo García

Dirección de Marco Vieyra, y actuaciones de Isabel Piquer, Antonio Vega y Roldán Ramírez.

No tengo nada que decir; pero si me paso, me hacen caso.

Jardinería electronik o el cliché de la crítica de los males sociales de interrelación personal: insensibilidad, desinterés, apatía, desgana, indolencia, desprecio, displicencia, frialdad, desapego, desafecto, fastidio, desamor, desdén, impasibilidad… Lo cotidiano como una pura abulia social, y eso es un cliché y es mentira.

Jardinería electronik o la dramaturgia como chaqueta mental; una crítica que se vuelve síntoma, autorreferente, autismo; es lo que denuncia pero no reflejo cierto de nada real, que es a lo que aspira. A favor debe decirse que el director acusa coherencia y asume la premisa del dramaturgo recurriendo al exceso de los recursos de la autorreferencialidad: soliloquio afectado de soliloquio; tecnología de la que no podemos desconectarnos pero que no nos conecta con nadie; gimnasia gratuita (¡más, más posiciones!) como vía del azote emocional a solas, etc.

Jardinería electronik o la estética de la compulsión: pudo terminarse en 40 minutos y se va al doble —y sí, pudo durar diez veces más, hasta el hartazgo que casi logra, pero éste, como tema ya estaba en boca y situación de los personajes —y de verdad, señores dramaturgo y director, el público entiende—. El alargamiento circular conlleva el desgaste de la actuación, la hace decaer a pesar de la energía de los actores, y no conmueve —‘ya se ve, el público también es insensible’—, antes aburre —‘¡oh, bien se ve que soy un artista incomprendido!’

En Jardinería electronik no importa si hay “un terrorista mediocre”, pudo ser asesino o narco o ladrón de libros; la “mujer desesperada en busca del amor de su vida” podría ser gay o asexual; y el “empresario fracasado”, por suerte no está armado como empresario (¿el dramaturgo conocerá ese ambiente, y el director?) y queda en mero desempleado, la facha del fracaso que no debió llegar, y eso sí empata con el público, lo único en esta obra.
Los personajes son monigotes (¿por qué no Santo El Enmascarado de Plata, Pepina Oruga, El Hombre Elefante). De antemano calificados, delatan prejuicios, inverosímiles obsesiones (quiere pasarlas por tales) del dramaturgo desconectado del público, de la calle. El resto del equipo le cree, el director con fervor, se nota su plan: no hay personajes (actores haciéndolos) sino personas actuando(se), representando lo desconocido pero muuuy pensado, y así lo confesional se diluye en recitación. Resultado: el trabajo de investigación actoral es reducido a acrobacia reactiva, ejercitación de esquema (acción/emoción), cartón.

La principal objeción contra buena parte del teatro contemporáneo que se quiere posmoderno, es la ampulosidad que difícilmente supera la frivolidad: demasiada energía invertida en algo fútil, en trivialidades. La idolatría del retruécano intelectual, irremediablemente seco, propio de la pose del artista como pensador, deriva en la ideología del valor supremo de un subtexto que supuestamente se halla en el texto —dramático o de cualquier otra índole— y es capaz de enfrentar/encarnar la realidad, y el cual debe ser descubierto por el público para iluminar un entendimiento trascendental…
En pocas palabras, malabar cerebrero (¡concepto, concepto!), aplastamiento del arte. En realidad se trata de un fetichismo inútil y tramposo, de un pretexto para desviar la atención de situaciones dramáticas cuya vacuidad debe sostenerse de algún modo, dotar de sentido la insustancialidad de un texto descriptivo, la ligereza revestida de atrevimiento. Pero en escena, much ado about nothing…
La gente comenzó a alejarse de la poesía cuando los poetas vaciaron de emoción el juego, la técnica, etcétera, y comenzó la era de la poesía–para–los–poetas (por la razón contraria, Sabines, Rojas y Villaurrutia pertenecen al cielo de los rockstars). Buena parte del teatro contemporáneo ha seguido esa ruta. Jardinería electronik se presentó en un trolebús estacionado y habilitado como escenario alternativo en la colonia Condesa del DF. Pero tal proeza es irrelevante. Concluyó temporada a finales de febrero.

[Publicado originalmente en marzo de 2009]



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