Dirección de Manuel Cisneros. Actuaciones de Paolo Becerra e Isaías Martínez.
Manuel Cisneros declara su impotencia para la creatividad. El texto de esta puesta ha sido manufacturado a retazos. ¿Cuál será su idea: que no puede haber nada nuevo bajo el sol; que vivimos la era del pastiche, el hipertexto, el reciclaje, etc.; que toda obra del pasado —aún el más reciente—, por haberla disfrutado ya nos pertenece y, por lo tanto, estamos en derecho de tomar lo que nos venga en gana y exhibirlo con nuestro nombre?
Porque en el programa de mano Cisneros ni siquiera acusa el parecido de su obra con Esperando a Godot (1952) de Samuel Beckett, de donde agarra la estructura y la anécdota; tampoco menciona que el tono e interacción de sus personajes proceden de otras obras además de la mencionada, como Exiliados, escrita en 1974 por Sławomir Mrożek, y que en la puesta de David Psalmon de finales de 2008 en la Sala Xavier Villaurrutia del Centro Cultural del Bosque, implicaba un peluche de Pluto, mientras Cisneros quiso para su idea un pollo blanco con sombrero de copa; y como su intención es conmover con las cosas tristes o lindas de la vida, usa la música de Wim Mertens (siempre útil para afectamientos melancólicos) y copia uno de los cuadros más hermosos del Slava’s Snowshow, espectáculo del payaso ruso Slava Polunin presentado en México hace dos y tres años (ver la escena en http://www.youtube.com/watch?v=cM1ERk91N5w).
En el rapto de ideas y fragmentos de obras de otros, y en la tosquedad para inducir sensaciones, con seguridad hay una metáfora que Cisneros desea descubramos —así sea el hecho de que en México ese deporte no es privilegio del crimen organizado, la fayuca y lo ‘patito’—. Porque claro, el deber siempre es del espectador: entender lo obtuso, a riesgo de quedar como estúpido, si quien lo presenta es un artista.
Pero corriendo ese riesgo, quizás alguien pueda pensar que son aburridos esos “diálogos” de Cisneros tan repletos de lugares comunes (la vida no tiene sentido; estamos condenados a la esperanza de una ilusión —inexistente, claro—, el amor incluido; no tenemos más remedio que trabajar incansablemente sin hallar objetivo…) ¡Por supuesto, en el afán de coleccionar clichés hay otro guiño conceptual del artista! ¿O no, y ahí está la metáfora del vacío, una bulimia existencial?
Acaso la torpeza lleve a otro espectador a creer que lo de Cisneros no es sino una frivolidad grandilocuente: este dramaturgo (que suena a demiurgo) se sabe visionario y se da a la tarea de enfrentar al mundo con el vacío —y bueno, si antes ha habido otros genios que lo han hecho muy bien, pues hay que reelaborar y con esa acción de homenaje plagiario dar una lección más de existencialismo.
Y también es posible que un infame espectador diga: Diálogos de nostalgia y pollos, ópera prima de Cisneros, es una tontería (acepciones 3ª y 4ª del DRAE). Lo rescatable de la puesta es la entrega física (con un autor empeñado en negar vida a su texto, no hay otra posibilidad) de los actores Isaías Martínez y Paolo Becerra. Bien por el Helénico por acoger cualquier propuesta, mal por el autor que ni siquiera propone.
(Diálogos de nostalgia y pollos se presentó en el Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico en agosto y septiembre de 2010.)[Publicado originalmente en septiembre de 2010.
Imágenes proporcionadas por el Centro Cultural Helénico.]
Imágenes proporcionadas por el Centro Cultural Helénico.]
No hay comentarios:
Publicar un comentario