viernes, 10 de febrero de 2012

Entrañas, entrañable

Pacamambo e Incendios, de Wajdi Mouawad

Compañía: Tapioca Inn. Dirección de Hugo Arrevillaga, escenografía de Auda Caraza y Atenea Chávez, iluminación de Roberto Paredes y musicalización de H. Arrevillaga y Ariel Cavalieri. Actuaciones en Pacamambo de Concepción Márquez, Pedro Mira, Miguel Romero y Sara Pinet. Actuaciones en Incendios de Karina Gidi, Alejandra Chacón, P. Mira, Javier Oliván, Rebeca Trejo, C. Márquez, Jorge León y Guillermo Villegas.

De Wajdi Mouawad se ha dicho que llegó al teatro a renovar la tragedia. El calificativo de renovador suele aplicarse con ligereza, cada dos por tres, hoy a él, ayer o mañana a aquél. Lo que quieren decir quienes así elogian es que el trabajo del artista ponderado gusta y maravilla, y en este caso es imposible no coincidir tras ver sus obras bien representadas.
En lo que sí pareciera innovar Mouawad en las dos obras que aquí importan, es en la mirada sobre la realidad femenina en momentos excepcionales. Su mirada se aparta de los discursos feministas de cualquier grado, lo mismo que de la banalización que reduce la ‘situación de la mujer’ a la vida citadina convencional (estudios, trabajo, sexualidad, etc.) de las jóvenes y maduras (20 a 50) de clase media de lo que se da en llamar Occidente.
La perspectiva de Mouawad está determinada por su origen (Beirut, Líbano, 1968), cierto, pero también por una voluntad de ver con sus propios ojos, a diferencia de quienes opinan acerca de La Situación de la Mujer desde una supuesta actitud comprensiva o de género, quienes se parecen a sus antecesores que limitaban el mundo femenino al Hogar en que suponen que las mujeres se reducen a La Mujer, idea que anula lo singular, lo excepcional, las formas específicas o extremas de lo humano. El prejuicio se reproduce respecto de los niños y los ancianos.
Por su sencillez y capacidad para reunir los tres mundos (el infantil, el femenino y la ancianidad) en la rara historia de la niña Julia, a Pacamambo se antoja calificarla de inaudita. Se nos muestra que si los niños contaran con una mayor amplitud de léxico, tal vez nos cambiarían con argumentos inapelables en defensa de sus vivencias, entre las que se hallan dulzuras, sufrimientos, incomprensiones y toda la variedad de sensaciones, recuerdos, fantasías, que una persona de cualquier edad posee. El problema de la adultez es que se inclina por mirar a los niños como personas en construcción, incluso es frecuente oír que a niños y jóvenes les falta la experiencia de la edad en un tono que da la impresión de concebir esa inexperiencia como una pobre comprensión y vivencia de la vida. Bajo esa perspectiva la adultez antepone la duda a la calidad de persona.
Ese es uno de los puntos con los que enfrenta Julia a su psiquiatra: si un gato encuentra a otro gato sabe que es un gato; si un ave halla a otra no duda que lo sea; pero los hombres no siempre asumen que sean personas algunas de aquellas con las que se topan. (Ocurrió con los españoles recién arribados a América y con los indígenas que los vieron llegar.) Pero existe un lugar donde los unos son los otros, donde los blancos ennegrecen y los negros se blanquean; se llama Pacamambo, está en un cruce de lugares que recuerda diversas porciones del mundo, y es el destino que deja como herencia María María a su nieta Julia.
Apasionada, sensible y con la lidia de su duelo, Julia y su inseparable —e insuperable por amoroso— perro Gordo asisten a la muerte de la abuela, a quien la Luna se ha llevado a Pacamambo. Julia sabe que es la muerte la responsable de todo, pues tiene “la mala costumbre de meterse a las casas y llevarse a gente querida”, así que decide citarla para decirle dos buenas cosas.
En Incendios es muy otra la índole de la historia, pero igualmente la llevan mujeres solas enfrentadas a lo ineluctable. Como en Pacamambo, también en este caso el lenguaje juega un papel fundamental: es extremo, viaja del insulto y la maldición desesperada a la poesía como defensa ante la brutalidad y el extravío (“Hay verdades que no pueden ser reveladas si no son descubiertas”).
En una ciudad donde no nació, muere Nawal dejando a sus dos hijos ya mayores (él boxeador, ella profesora de matemáticas) la tarea de buscar a su padre y a un medio hermano, ambos desconocidos. A tal fin los ayuda el abogado de Nawal, pero tienen que rastrear las huellas de una madre que dejó de hablar cinco años antes de fallecer; por esas pesquisas nos enteramos de la violencia de su familia, su pueblo y su país (tan parecidos a las imágenes que tenemos del Medio Oriente o el África en conflictos armados), donde le fue arrebatado su primer hijo por su propia madre, atravesó una guerra con la compañía de una amiga (“La amistad de dos mujeres es como una estrella”), fue encarcelada y violada, y afamada por su cantar.
El resultado de la búsqueda tendrá para los hijos tintes de descalabro o maldición (“Ya no tenemos valores que nos guíen, sólo el destino y la suerte”), si bien tendrán los elementos para reconocer en su madre una heroína que además quiso evitar para sí misma y sus hijos el odio. ¿Fracasa? Cuando menos no en un aspecto: el rencor, la rabia como lazo indisoluble entre madres e hijas ya no parece ser el vínculo entre Nawal y la suya. Pero, ¿cómo librarse de la crueldad del pasado si “el tiempo es un pollo descabezado del que brota la sangre que nos ahoga”?
Coinciden Pacamambo e Incendios en la desazón ante la muerte (“no tiene palabra, siempre rompe sus promesas”) y en la presencia de la abuela como una forma superada de ser mujer (y persona), una guía que sabe dar esperanza frente a la desgracia (a Julia con Pacamambo, a Nawal pidiéndole que aprenda a escribir y a pensar “para salir de la miseria”, no sólo ni especialmente la económica).
Sin embargo, al dramaturgo Mouawad le gusta acercarse al desbarrancadero al plantear situaciones que de primer impacto generan escepticismo, incredulidad, sensación de inverosimilitud. Es evidente que son pocos los niños que tienen el vocabulario suficiente: hay que verlos cuando —como a Julia— los embarga el coraje o el dolor, ¡cómo quisieran tener diez bocas para decir lo que piensan y sienten! El autor dota a Julia del léxico para defender sus puntos, un riesgo que tal vez se amplía en la traducción, riesgo que hace temer una mala factura dramática: una niña que habla como un adulto, groserías incluidas. Por su parte, Incendios tiene la marca de lo extremo de las situaciones (incendios continuos), la exageración hasta lo grotesco, pero en este caso una razón debe salir al paso: ‘porque parece mentira la verdad nunca se sabe’ —basta echar un vistazo a la tragedia cotidiana en ciertas partes del mundo para aplicar ese dicho popular; a veces la desgracia grotesca.
Que esos reparos iniciales deriven o no en francos inconvenientes para el público depende de la eficacia de los montajes, y allí radica la fuerza del joven director Arrevillaga y sus actores, quienes han sabido soportar —mantener— dichos riesgos con un carácter que fascina al público hasta conmoverlo. La sabiduría del dramaturgo da peso vital, existencia a Julia y Nawal, así que no es exagerado decir que el público las recordará por mucho tiempo. El conjunto de los elementos de las puestas lo que comunica y conmueve. Es decir, actúa también para ello la disposición escénica (escenografía y trazo) y el diseño de la iluminación, pensados para tener al público dentro sin importar que pasen una o tres horas —duraciones respectivas de Pacamambo e Incendios.
(En la segunda mitad de 2010 algunas de las funciones de Pacamambo se realizaron en el Teatro La Capilla, y las de Incendios en el Teatro Benito Juárez.)

[Publicado originalmente en octubre de 2010.
Fotografías de Roberto Paredes, proporcionadas por el Sistema de Teatros de la Ciudad de México.]



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