lunes, 13 de febrero de 2012

El paraíso redecorado

La inauguración, de Václav Havel

Dirección de David Psalmon, actuaciones de Hernán Mendoza, Nailea Norvind y Sergio Ramos. Diseño de escenografía y vestuario de Aura Gómez Arreola, música original y diseño sonoro de Daniel Hidalgo, videoarte de Daniel Ruiz Primo Martínez y diseño de iluminación de Sergio Felipe López Vigueras. Traducción de David Psalmon y Alena Pavelková.

—¿Te gustaría acompañarnos?
—No, gracias.
—¿Y por qué no? […] Te queremos mucho.

Imposible refrenar la exaltación sabiéndose en posesión de la verdad. En La inauguración, Michael y Vera se conciben como un matrimonio ejemplar y presumen su apertura moral e intelectual acorde con la globalización. Redecorada su casa con pretendido arte y buen gusto, esperan aburridos a su mejor amigo, Ferdinand, hombre apocado, amable, sin deseos evidentes, y que en la fantasía de los esposos hará las veces de público fascinado por las exquisiteces de su hogar (“Eres el primero en verlo terminado”). Cuando por fin llega, la pareja satura cada instante con discursos sobre su mobiliario, sus placeres culinarios (“No pasa un solo día sin que prepare algo nuevo”), su teoría y práctica erótica, en fin, todo cuanto los arraiga en su nido; entre ello su paternidad atenta a las gracias del junior (“¿Cómo fue que te dijo?”, pregunta embelesada Vera a Michael. “Daddy, ¿una rana puede ahogarse?”). Al mismo tiempo, reprochan a Ferdinand su mediocridad (“De alguna manera te rendiste” / “Son otros tiempos, ya a nadie le importa que te sacrifiques”).
Como buenos esnobs, para Michael y Vera la precisión es vital en la apariencia y en el lenguaje, incluso son capaces de atribuir “tensión dramática” entre dos objetos del decorado. Lenguaje y decorado adquieren peso ideológico. Un vistoso adorno de pared es una declaración de principios en tres idiomas: NEED–DESIRE / FEMME–OBJET / VACÍO–CONSUMO. A juego, un letrerito en la sala: Buy me. I’ll change your life.
Personajes como apólogos del paraíso del consumo, el cinismo y la pretensión; aunque la obra fue escrita a finales de los 70’s en Checoslovaquia, cuando el país vivía una especial rudeza del régimen comunista; tiempos en que nadie hubiera predicho el capitalismo globalizado y salvaje de ahora. En aquellos años lo que había era la imposición del hombre nuevo en el edén del socialismo, previa eliminación de la personalidad, siempre tan burguesa. En la obra actualizada (¿por su autor?, ¿por Psalmon?), en algún momento el matrimonio grita a su amigo “¡No seas burgués, Ferdinand!”, reclamo que en tiempos de globalización carece de sentido, menos aún en una obra donde la suntuosidad burguesa —la pretensión— es condición de la pareja, no del amigo.
En el trabajo de Psalmon se percibe intuición en eso que suele llamarse concepto, y una liberalidad de la dirección respecto de la actuación, la escenografía, etc. La intuición surge ahí donde la certeza de lo concebido es una tentativa y no una consigna, por eso suele producir contundencias, no perfecciones. Psalmon, integrador no dominante, logra una cualidad que recibe su nombre según el lugar y la jerga: sistémica, si quien califica gusta más del stablishment; orgánica, si se tiene un pie en lo alternativo.
Las terminologías precisas, al igual que los gustos, aspiraciones y costumbres de grupos sociales antes excluyentes, hoy se mezclan por obra de la globalización. Así, ya es corriente decir que orgánico es el desempeño de un actor lo mismo que un alimento gourmet o cierta metodología administrativa de los organismos públicos o privados. Por otro lado, la locuacidad de los ciudadanos globalizados como Michael y Vera involucra arte, música popular, redes sociales, enología, altermundismo, ironía… Se trata de una saturación ordenada por los medios.
La puesta en escena es coherente con eso. Su estética es la de un programa de variedades en tv —donde todo es venta— con conductores entusiastas (Michael y Vera), el invitado (Ferdinand), los rompimientos a comerciales, el ambiente de set (maquillistas, por ejemplo) y el público en vivo (a ratos, durante la función, a nosotros nos echan las luces). Estética del guión y la edición, donde todo encaja progresivamente. Estética de medios visuales, con una pared hecha de televisores y una enorme pantalla para reflejar una imagen grotesca como demasiadas en internet —la cara de Ferdinand sometido a un reacondicionamiento.
Al igual que en Emigrados, obra de Slawomir Mrożek también dirigida por Psalmon (en 2008), en La inauguración el personaje débil o fracasado da sentido a la vida del fuerte o realizado, en este caso el binomio Michael/Vera. A diferencia de aquella, en esta puesta Psalmon va al extremo pidiendo el paroxismo de los personajes (Nailea Norvind, torrente de energía, es magnífica en la farsa), el colmo la ridiculez del esnobismo (¡una horca, unos bultos y un carrito de súper, como parte del decorado!) y el lenguaje del connaisseur. El efecto desnuda la moral de los actuales exhibicionistas, bon vivants y críticos afectados: consumismo, nada más.
(La inauguración se presentó del 1 de abril al 3 de julio de 2011 en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario de la UNAM.)

[Publicado originalmente en junio de 2001.]



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