Dramaturgia de Ileana Diéguez y Ricardo Díaz. Dirección de R. Díaz y actuaciones de Mariana Alatorre, Juanpablo Avendaño, Edwin Culp, Doménico Espinosa, Laura Furlan, Alfredo Herrera, Mariana Lecuona, Alejandro Navarrete, Héctor Sánchez, Gabriel Yépez, y varios alumnos de El Foro. Sonido y video de Francisco Rivas y producción de E. Culp.
Yo, como público, igual me moría.
(Yo: público. Ellos: actores y actrices. Escenario: primero y segundo niveles del Museo de Arte Carrillo Gil.)
A un gesto mío los suyos responden.
Plantean una historia, corren, extienden los brazos, brincan, sacuden el árbol del texto dramático.
A una mirada mía mantienen la suya sin intermediación de nada.
La ficción es el público, irremediablemente.
A oscuras —eco silencioso de una sala de museo, un vaho— los siento diluyendo el tiempo transgredido de la duración.En medio envuelven consigo el espacio, entarimado, revuelta obra negra.
Radical falta de dicción y cacofonía.
A una espera mía termina la suya.
¿A qué hora empezó la función?
Conforme la puesta en escena avanza, algo comienza a moverse en mí.
En las paredes de las salas del museo hay cuadros. Los actores no disponen espacio, el público no lo reconoce.
La imaginación opera en quien mira.
No hay cohesión entre dramaturgia y montaje. Notoria la falta de trabajo, obvia la improvisación no controlada, ausencia de investigación, se sienten las ganas, la cantidad de los elementos sugerentes es notable, su fuerza garantiza durar días en la memoria del espectador.
Hubo una bienvenida, me guiaron al primer piso.
Estética de instalación con teles y videocaseteras transmitiendo imágenes del montaje y antes de él. La onda ha salido de mí, no sé qué hacer. No hay más remedio que ver la tv. Alguien rompe el orden, camina para ver más de esa exposición, así se entiende que los monitores transmiten un mensaje —¿cómo saberlo?, sólo hay indicaciones del director.
Lo que hay escondido entre mí son ellos, exagerados en su atención a las obras de arte.
Ellos confundidos conmigo, al que caricaturizan, toman la iniciativa, suben al segundo piso y me proveen de bancos para que me ubique donde quiera…
El público, que ya va con cuidado, queriendo captar todo, entender los detalles de la obra. Algo, siquiera. Ha absorbido la actitud de los que antes interpretaron a los visitantes de un museo.
Sentado en bancos y piso, creo en la expectativa. Hay quien mira caras. Los actores van y vienen con lentitud. ¿Qué hago aquí? El ritmo aumenta hasta llegar a la carrera, el brincoteo, la caída. Hasta que el trajín se torna ¿realidad? Actuando sin actuar un ambiente caótico, se incorporan diálogos, monólogos, ¿a quién le importa qué se dice?Ni como.
Es sabido: amor, muerte, existencia, miedo, placer, odio.
Lo humano, todo. Shakespeare triunfa de nuevo.
Desde que la realidad se vuelve a mí en cuerpo de actores, la cosa se pone emotiva. Qué más.
El público podría dar un paso.
Ellos parecen más. Desde su exaltación miran/obvian/niegan/enfrentan la quietud. Confrontan —recordemos: han sido público, uno peculiar—, exhiben la ridiculez propia y ajena.Los cuerpos se trasladan de este punto a ese otro, transforman tensión dramática en vectorial. Física pura. “Hacia qué punto hay que dirigir el pensamiento.”
Sistemáticamente me desarman.
La luz se apaga, nadie queda en su lugar.
Tac–tac–tac–tac. Metrónomos por todas partes.
De la afección a la ociocidad. De la vacuidad a la saturación. De la improvisación a la rigidez. Del peso al ludismo.
El público es revestido de una imposible resignación a ser parte del todo. No es posible irse del museo y dejarlos atrás, hacerles el favor de agregarles un dato más. “Yo, como público, igual me moría.”
Más de dos horas.Lentamente, pasar una y otra vez por los mismos caminos, divagar —pensar en el tráfico, en la cena, en qué hora es—, emotivos, sentimentales incluso, e intelectuales al grado de la evocación de causas sociales y necesidades humanas, y alegóricos. Al final soy llevado a la rampa de la entreplanta porque algo hacen en el primer piso y hay que verlos desde el barandal; de pronto, ellos suben y se me quedan mirando desde el segundo piso.
Soy el muerto, el “muerto pestilente” que antes nombraron en un delirio que ellos no creyeron. Tampoco yo.
El muerto es el arte.
El museo es la cámara fría de algunas cosas.
Dos horas para declarar un lugar común sobre un lugar común.
La sensación de la vida y la muerte como el principal elemento del teatro.
Ser y no ser.
Sólo siente sensación de muerte el vivo que siente morir.
Un insomne puede deliberar sobre ser o no ser.
El pensador trasnochado terminará por crear un crimen o una elegía o una obra de arte o un suicidio.
Sobre todo inventa un público.
La imagen de un público.
El fantasma de un público.
Soliloquio.
Moverse.
Disponerlo todo.
Recrear.
Generar una metáfora.
Y repetirse infinitamente.
Play.
Hacerse poeta.
Situarse con el bardo inigualable y hablarse de tú.
Como él con Hamlet.
Hamlet, suspesor de la existencia.
No ser Hamlet, ni nuevo ni eficaz. Sí efectivo. No fue función.
(No ser Hamlet se presentó en el MACG entre julio y diciembre de 2002.)
[Texto inédito, 2002.]
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